
La Masacre del Perejil sigue siendo uno de los episodios más oscuros y estremecedores de la historia dominicana. Ocurrió en octubre de 1937, durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, cuando miles de haitianos y dominicanos de ascendencia haitiana fueron perseguidos y asesinados en zonas fronterizas del país. El hecho no solo marcó las relaciones entre República Dominicana y Haití, sino que dejó una herida histórica que todavía provoca debate, dolor y reflexión.
La historia recibió ese nombre por una de las versiones más conocidas del episodio: soldados dominicanos supuestamente pedían a las personas pronunciar la palabra “perejil” para distinguir a quienes hablaban español con acento dominicano de quienes tenían acento haitiano o creole. Según esa versión, una mala pronunciación podía significar la muerte. Historiadores han discutido cuánto hubo de práctica real y cuánto de construcción simbólica posterior, pero la palabra quedó grabada como emblema del horror.
El contexto era una frontera marcada por tensiones, pobreza, comercio informal, migración y comunidades mezcladas durante décadas. En muchas zonas, familias dominicanas y haitianas compartían territorio, trabajo, costumbres y vínculos personales. Trujillo, sin embargo, impulsó una política nacionalista y antihaitiana que buscaba “dominicanizar” la frontera y presentar la presencia haitiana como una amenaza para la identidad nacional.
Las cifras de víctimas varían ampliamente según las fuentes. Algunas estimaciones hablan de más de 12,000 muertos, mientras otras elevan el número a decenas de miles. La falta de registros completos, el miedo de los sobrevivientes y el control informativo de la dictadura dificultaron conocer con precisión la magnitud real de la matanza. Lo que sí está documentado es que fue una operación violenta, dirigida desde el poder y ejecutada en comunidades vulnerables.
Tras la masacre, el régimen trató de justificar lo ocurrido como una respuesta a supuestos problemas migratorios y de seguridad en la frontera. Sin embargo, para muchos historiadores, el episodio representó una acción de limpieza étnica motivada por racismo, antihaitianismo y control territorial. El acuerdo posterior entre los gobiernos dominicano y haitiano incluyó una compensación económica, pero las víctimas y sus familias recibieron muy poco o nada.
La Masacre del Perejil no puede contarse solo como un hecho antiguo, porque sus consecuencias todavía atraviesan la memoria colectiva de ambos pueblos. La frontera dominico-haitiana sigue siendo un espacio cargado de tensiones históricas, políticas y humanas. Recordar esta tragedia permite entender cómo el discurso de odio, cuando se convierte en política de Estado, puede terminar en violencia masiva.
Hoy, la historia del “perejil” funciona como advertencia. Más allá de los debates sobre los detalles exactos, el episodio recuerda que una sociedad puede ser llevada al extremo cuando se deshumaniza a un grupo entero. Es una de esas historias que parecen imposibles, pero ocurrieron aquí, en la misma isla, dejando una cicatriz que el tiempo no ha borrado.