
El 15 de febrero de 1970, el vuelo 603 de Dominicana de Aviación despegó del Aeropuerto Internacional de Las Américas en un DC-9 con destino a San Juan, Puerto Rico. A bordo iban 102 personas, entre pasajeros y tripulantes. Entre los viajeros había deportistas, familias completas rumbo a reunirse con parientes en Puerto Rico, empresarios, estudiantes y turistas. Era un vuelo corto y rutinario en una mañana en apariencia normal.
Apenas minutos después del despegue, cuando el avión sobrevolaba el mar Caribe frente a Boca Chica, los motores comenzaron a fallar. La tripulación intentó regresar al aeropuerto, pero la aeronave perdió altura rápidamente y se estrelló contra el agua a pocos kilómetros de la costa dominicana. No hubo sobrevivientes. Fue, y sigue siendo, uno de los peores accidentes aéreos en la historia de la aviación comercial dominicana en cuanto a víctimas nacionales.
Las investigaciones apuntaron a una posible contaminación del combustible como causa principal, aunque también se manejaron hipótesis sobre fallas de mantenimiento y errores en los procedimientos de despegue. La empresa Dominicana de Aviación, orgullo aeronáutico del país durante décadas, quedó marcada de por vida por la tragedia. Los cuerpos recuperados fueron pocos; muchos quedaron sepultados en las profundidades del Caribe junto con los restos del fuselaje.
La tragedia del vuelo 603 golpeó a la sociedad dominicana en un momento en que el país apenas comenzaba a recuperarse políticamente tras la Guerra de Abril y la intervención estadounidense. Familias enteras desaparecieron ese día, comunidades quedaron marcadas para siempre, y el hecho se convirtió en referencia obligada cada vez que se habla de la fragilidad de la aviación civil dominicana. Más de cinco décadas después, sus nombres siguen siendo recordados por familiares que jamás pudieron enterrar a sus muertos.